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La comida vegetariana en el barco

Estuve dos días en la isla de La Palma y el viernes embarqué con destino a Cádiz en el buque Juan J Sister, de la Compañía Trasmediterránea. El trayecto, desde La Palma a Cádiz, pasando por Tenerife, Gran Canaria y Lanzarote, duraba 3 días. Cuando compré el billete expliqué que era vegana, pero me dijeron que la comida era en régimen de autoservicio, es decir, pasabas con tu bandeja y elegías lo que te apetecía. Así que me dijeron que la única opción era que eligiera los platos vegetarianos. Pero como soy vegetariana desde hace tiempo y sé que dejar este tipo de cosas al azar suele producir sorpresas a veces no muy buenas, decidí llamar por teléfono a la compañía y explicarlo de nuevo. Después de tenerme un rato a la espera mientras consultaban este “extraño caso” que era llevar a una vegetariana a bordo, me dijeron lo mismo que en la agencia de viajes. Pero además me recomendaron contactar con el sobrecargo al subir a bordo.

Cuando embarqué, sin ninguna expectativa vegetariana, pensando que si no encontraba nada vegano podría aprovechar y alimentarme con fruta y hacer una depuración física muy recomendable ya que llegaba el cambio de estación, busqué al sobrecargo.

Con total naturalidad, este señor tomó nota de cual era mi camarote, y me recomendó avisar en cocina cuando fuera la hora de las comidas, que ya él hablaría con el jefe de cocina. Me dijo: “Tú dí: Hola, soy la vegetariana”. Me hizo gracia, que en un barco de 550 pasajeros yo fuera la única vegetariana, eso hacía una media bastante baja.

Una hora después de zarpar, los altavoces sonaron: “Se ruega al pasajero del camarote C27 acuda a información”. El pasajero requerido era yo. Allí me esperaba

Ignacio, el sobrecargo del buque, que me llevó a la cocina a presentarme a Víctor, el jefe de cocina. Víctor se ofreció a prepararme cada día lo que yo le pidiera. Pero, considerando que eso era un abuso, le dije que podíamos quedar en que él cada día me decía qué era lo que había en el menú general, que pudiera cocinarse también vegetariano (como verduras sin saltearlas con jamón, ensalada sin añadirle atún o huevo, pasta sin aliñar bolognesa ni carbonara…), o lo que le resultara fácil hacer, y en función de lo que yo pudiera comer o no, elegiría.

Esa noche cené unas acelgas frescas hervidas con patatas cocidas, riquísimas.
A la mañana siguiente observé cómo uno de los camareros venía corriendo hacia mi con un trozo de pan en la mano: “Ana, ¡el pan que hay en el autoservicio está precocinado y lleva grasa animal, mejor come este que no lleva nada!”

En fín, toda la tripulación empleada a fondo en satisfacer mis necesidades. Nadie me preguntó nunca por qué era vegetariana o discutió mi elección, su afán era que me sintiera a gusto. La verdad es que me daba mucha vergüenza recibir tantas atenciones. No dejé de dar las gracias y sonreir a toda la tripulación, que además me llamaban por mi nombre.

Me presentaron a la animadora del barco, Eva, que también era vegetariana. Una chica deportista que sólo se alimentaba de frutas y verduras. Super saludable y energética. Era catalana, de Vilanova i la Gertrú. Hablamos de cuanto echábamos de menos la leche de soja y afinidades por el estilo, siempre es un placer encontrar gente similar. Le regalé un litro de leche de soja que llevaba conmigo y se puso muy contenta.

Mi camarote de 4 personas estaba lleno. Conmigo dormían una señora mayor, una chica joven y una señora joven con un bebé que, pobrecito, estaba muy inquieto. No teníamos sitio ni para dejar nuestras pequeñas mochilas, que dormían en la cama con nosotras. No había armario. Eso sí, era exterior, era lo máximo que podíamos permitirnos. Dado que el viaje se hace pesado, busqué un sitio donde poder enchufar mi ordenador portátil y sacar adelante algo de trabajo. En uno de los salones estuve muy cómoda, pero tuve que abandonarlo tan pronto proyectaron una película. En el segundo, la máquina tragaperras no dejaba de sonar… Decidí que sería mejor leer. Me acomodé en el comedor vacío con mis libros y me quedé allí durante horas.

Esa noche había luna llena. Después de cenar me dí un paseo por la cubierta. Cuando volví a mi camarote estaba contándole a una de mis compañeras de habitación que había visto desde cubierta camarotes increiblemente espaciosos que hasta tenían armario… Cuando ya estaba en pijama en mi litera, los altavoces sonaron de nuevo: “Se ruega a Ana Moreno acuda a información”. ¿Qué ocurriría ahora? Me vestí de nuevo y bajé corriendo. Allí me esperaba el sobrecargo. Sus palabras fueron: “He visto que llevas todo el viaje trabajando y que no estás muy cómoda. Además sé que tu camarote está lleno… Toma la llave de un nuevo camarote donde estarás mejor”. ¡Y me cambió a un camarote para mi sola, un camarote de aquéllos que yo había visto mientras caminaba por cubierta!

Al día siguiente volvió a sonar mi nombre por megafonía. Esta vez era para enseñarme el cuadro de mandos y presentarme al capitán y a los oficiales del buque. Me explicaron muchas cosas sobre el funcionamiento del barco, la carta electrónica de navegación, las medidas de seguridad… El lunes, me ofrecieron permanecer en el puente de operaciones mientras atracábamos en la Bahía de Cádiz.

Gracias a ser vegana he realizado un viaje privilegiado… ¡y sin pedir nada! ¿Qué te parece? Nunca me lo hubiera podido imaginar, pero así fue.

¿Y si no hubiera dicho nada al sobrecargo sobre mi vegetarianismo?

Podemos imaginar que todo hubiera sido muy diferente. Probablemente me hubiera sentido frustrada, o hubiera aceptado que los veganos a veces lo seguimos teniendo difícil en este tipo de comedores, y hubiera optado por la fruta. Además de todo habría viajado en condiciones normales, y no en un camarote individual y visitando la sala de mandos.

Nunca te calles, nunca olvides que tu elección es tan importante como la de los demás. Quiérete y lucha por lo que necesitas. Después la recompensa es haber sido fiel a ti mismo y a tus principios, y eso es muy gratificante. Además haces amigos…

Ana Moreno
ana@anamoreno.com
Extraído de “Manual de Supervivencia para Veganos Novatos”

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